viernes, 27 de enero de 2012

Dione. Talento derretido en los fosos


Talento derretido en los Fosos.
Una estela negra dribla al viento y mete gol.
A ver quién te hiciera una prueba, le dicen los amigos.
Es quisquilloso y simpático.
Los humos de un veinteañero.

Papeles sin identidad. ¿Qué
fórmula hay para aparecer inscrito
en un suelo? La burocracia no entiende
de fútbol.

Ilegal por soñar con Europa,
por alcanzar rápido, lo que, otro compañero,
más paciente, logró cuando un ojeador lo destinó
a Francia, a un equipo de segunda.
(Y tú callejeando.)

Hay domingos solitarios que
pelotea solo contra un muro inexpresivo.
La ilusión le escuece, y así pretende
mantenerse en forma.

Hay domingos que sale guaperas, con
gafas de sol y música en los oídos.
Pensando en otra vida; en otro país, acaso.
Sandalias de pescador, vestimenta de las
Monjas. Los estadios cerrados, la equipación
en la taquilla.

Los teléfonos suenan, los mensajes se cruzan.
Él sólo camina sin acento, sin balón, las manos
en los bolsillos.

Nariz respingona


  En la calle Sagasta -tono gris y pardo-, caminando hacia abajo -es cuesta-, repeinado, la nariz respingona, los pantalones estrechos, los zapatos de punta, la barriga prominente, destacando en su delgadez... Lo sabía en un centro de rehabilitación, allá por el extrarradio de Tarifa. Accedió después de un largo tiempo de espera -expectación reposada, sin ansia, hasta que llegó su turno-. No es la primera vez que asomaba por aquellos centros, conoce su funcionamiento, los horarios, la disciplina, los grupos de terapia. La guitarra no la llevó consigo -una buena guitarra-, la dejó en casa de la hermana. En la etiqueta de la funda: JuanLu de Cádiz. Encima suele llevar unas señas de internet: los días que hay atraque de buque turista; los propicios para tocar de terraza en terraza. Recuerdo cuando se jactaba solapadamente, abriendo la cartera -un bulto siempre prieto en el bolsillo trasero del pantalón vaquero negro-: "Hoy me saqué 40 euros... No estuvo mal la cosa" -risita pícara, desdentada.
  La última vez apareció con permiso -sujeto a los cauces administrativos- para recoger una dentadura postiza. La extrajo de la boca para enseñarla. Al elegir la tonalidad del blanco, lo escogió algo "sucio", para que no cantara. Sonrió abiertamente para mostrar el resultado. La incomodidad al hablar se disipa con la práctica. Por la noche la deja en un vaso con una solución especial disuelta en agua. Se la costeó Agua y Sol.
  -¿Y al cantar? ¿Te molesta?
  Las gafas también las costeó con las ayudas sociales y paciencia.
  Esta vez no era una salida programada, permitida, justificada. Abandonó definitivamente. Ha durado dos meses; lo que él ha querido y había previsto en sus adentros. Los trabajadores del circuito suelen sentirse decepcionados, y se lo expresan. Él, a los que aprecia, les explica que se siente curado del alcohol, antes del ingreso en la comunidad, ya llevaba muchos meses sin probar una gota. La estancia allí sólo vino a corroborar que se sentía sano, fuerte, seguro. Esperar un alta terapéutica, es decir, un documento que acredite su desintoxicación y deshabituación es absurdo. Él sabe qué filos en el mundo "exterior" no ha de tocar. Ha sentido la tentación en tantos meses de espera, y no ha caído. La vida reglada, la fortaleza psicológica que se inculca, no le aportan más de lo necesario para mantenerse abstemio. El principal referente para resistir y retraerse es las malas movidas que le depararon las borracheras. Aunque, claro, muchas se convirtieron en clamorosas aventuras, dignas de rescatar de su difusa y dulzona impresión mental.
  -No sabía dónde amanecía. Lo mismo en Jerez, en Sevilla que en Córdoba. Ni conocía con quienes me había juntado. Ale, juerga. Yo cantando y guitarreando. No veas qué pibas he ligado.
  No es guapo, ni siquiera atractivo. Pero tiene encanto para las mujeres; al menos, cierto tipo de mujeres; y en ciertas ocasiones propicias. La elección de las botas de punta alargada, de tacones resonantes, la apretura del pantalón, marcando formas, el pelo repeinado hacia atrás... hacen pensar en un reclamo efectivo. Aunque indisociable de su arte guitarrero y canturrón. El repertorio es variado y adaptado. Si canta pasodobles carnavaleros, lo hace a su modo, sin gesticulación excesiva, gustando, manifestándose portador del folclore genuino de esta tierra que los foráneos visitan. Luego a ellos, si se encarta, podrá adornarles con anécdotas los temas: de tal o cual autor, de la agrupación del año catapúm etc. Chapurrear inglés es esencial para mantener una mínima comunicación con una guiri interesada. A veces lo avisan de algún local, por ejemplo, el Manteca, no sube a escenario, toca a pie de barra, las paredes cuajadas de fotos añejas, de cuando el dueño intentó una frustrada carrera taurina.
  Parados en la calle Sagasta, se explica con soltura, sin aprensión, seguro de la decisión de haber abandonado el Centro.
  -¿Y dónde paras ahora?
  -Tengo mi pisito, qué te crees. Alquilao –muestra y tintinea unas llaves.

Escandalera a la mañana. Duchas.

  Bajito, macizo, fornido. Escandalera a la mañana. Prisa por el uso del baño, acapara el otro porque se ducha, no es hora, está la tarde para ello. Golpea la puerta, apaga la luz, manipula el pomo, haciendo que abre. Miguel Sancho, gafas-lennon, torso desnudo con rosa tatuada en el pecho, tenue, descolorida, pareja de María, la oblonga desformada, sale protestón, encarándolo, pespunte de pelea, intento vanamente apaciguar los gritos, sin efusión, tranquilo. Juan se dirige al baño y, ejemplificando su uso, lo acapara solo dos minutos: -¡Por la mañana solo lavarse, no más, y andando! -no consigo que baje la voz.
  No desayuna. Cuando va a marcharse le advierto: -Mañana no me monte este numerito.
  No se rinde: -Qué numerito. Si tengo razón.

  Y por la tarde se le expulsó.
  Curioso que viniera con el mismo cántico, a la pareja le reprochara el uso mañanero de los baños, y a Víctor, el chico del portátil, la melena grasa y rizada, las paletas lebrunas y desviadas, que se mirara tanto al espejo, si es que era maricón.
  -Qué le había hecho. Yo soy una persona educada y con vergüenza, si llega a dar con otro. Me ha dado pena verlo sentado en un banco.

miércoles, 25 de enero de 2012

Santi, trabajitos


  »Aparte de chulo me había dedicado en Barcelona a robar bancos con Pilar y Salvador. Ahora me apliqué también. Busqué un socio. Los golpes eran en los pueblos. Algunos salieron bien. Hasta el de Jimena de la Frontera. Nos habían dado el soplo: llegaba una partida de dinero por la mañana temprano, antes de la hora de apertura, estaría el director y algún comercial, poco más. Antes del amanecer estábamos apostados cerca. El Banco estaba en un alto. Al llegar la hora no apareció nadie, no hubo movimientos. De pronto asomaron unos guardias civiles: nos buscaban. Salimos pitando. Abordamos un taxi, le puse al taxista la pistola en la sien: Arranca y a toda hostia, Tira por aquí, tira por allá... Conocíamos las salidas, la carretera, los caminos... Nos metimos por el campo hasta que el coche se jodió. Seguimos corriendo campo a través. Hasta que un río nos cortó el paso. Al otro lado, por detrás de una colina, asomaron más uniformes verdes: estábamos rodeados. Los zarzales nos ocultaban, en la carrera nos habíamos desecho de las pistolas, ellos no lo sabían: Alto, No disparen, Nos rendimos... Tiramos al agua dos piedras pesadas, unos peces aletearon, los dorsos plateados destellaron. Nos trataron a patadas, boca abajo, contra el fango de la orilla, nos golpearon las costillas: ¿Dónde están las armas?, ¿Qué armas?... Se sumergieron en el río los submarinistas y no las encontraron. El taxista declaró en el juicio. Nos metieron unos meses por intimidación. Como no hallaron las pistolas, salimos pronto.

Elvira, marchó su sensualidad.


¿Qué fue de su sensual apostura? Rubia, el pelo caído y espinoso, la sonrisa y los ojos de una calidez inquietante. En derredor, los hombres se mostraban obsequiosos. No tenía desplantes hacia ninguno. También mantenía un halo de independencia y respeto, resultado de una belleza, no ajada, tampoco esplendorosa, conjugada con el saber estar -a lo mejor imaginaban que tendría novio; pero ¿dónde estaba?; igual lo abandonó por tirano e insensible; por eso acabó aquí-. Los días de verla descender delicada las escaleras, con sueño en los ojos, se esfumaron, devolviendo al Centro su punto más sórdido. Marchó a Jerez. Danail Dimitrov la ayudó con el equipaje.

viernes, 20 de enero de 2012

Alemana, dada por desaparecida


  Alemana, dada por desaparecida en su tierra, unos cincuenta, buen ver dentro de su abstrusismo: pelo amarillo, liso, largo; gesto mohíno, apocado; minifalda negra, sobre finos leotardos.
  La PN avisó de madrugada, la habían apalizado en la calle, sin venir a cuento, en el hospital, después de unos puntos de sutura, no tiene destino.
  Recelo ante lo remitido del hospital (no parezca que hablo de un paquete), mejor acuda por la mañana, en horario de trabajadora social.
  A las ocho de la mañana, en pleno apogeo de maletas y cola cao, asoma un uniformado, de oscuro, acorazado de adminículos disciplinarios, la traen.
  Me asomo a atenderlos, me explican, ella cabizbaja, renqueante, les comento el régimen de acogida, la atención social, le dirijo la palabra. Todo lo que el policía deferentemente explicaba, ella lo desdice, más cuando atisba un esbozo de sonrisa por mi parte, le molesta, la reprende.
  -Yo no quere asistente social, mío dinero en el banco, banco extranjero, alemana, pagarme dormire en hotel. Yo lo que quere es uno noche en habitación comisaría... Usté qué se ríe...
  Simplemente me impresionó ese despertar a hablar en torrente cuando había permanecido tan callada, reacción soberbia y hoscamente defensiva. Se me escapó una contracción en la comisura de los labios, no era una risa menospreciativa, como ella la interpretó.
  Tal reacción sume al policía conmiserativo en dudas sobre la prestancia de ella, consulta por el walkman a su jefe, mientras yo regreso al interior del Centro, repoblado de equipajes a punto de partir, lo vislumbro pasear arriba y abajo de la plaza, realizando la consulta.
  Al rato asoma:
  -He hablado con mi jefe, y...
  La situación es clara, ellos no la regresan, la plantan en este destino, sea cual sea la atención que le dispensen, no puedo dejarla entrar, el horario es de cierre, que aguarde a la puerta el turno, no se sostiene en pié, maleada, la pueden sentar allí, les señalo, entonces la asientan a una mesa del bar contiguo.
  Cuando se despiden, es cuando la veo apoltronada, solitaria, ensimismada en su estoica crudeza, una bolsa de plástico negra a la espalda, los mínimos utensilios, al frente los árboles de la plaza, las mesas del bar, algunas ocupadas, la del extremo izquierdo por el alemán informático que disfruta rancho gratuito por la puesta a punto del local.
  Antes de despedirse algunos transeúntes la interpelan, parece sosegada, asequible, pregunta:
 -¿Dónde está el hotal?
  Le explica María, la de cuerpo bubónico y mirada tristona, que esto no es ningún hotel, ella comprende momentáneamente, ¿acaso no se lo había dicho yo ya?
  Al llegar la asistenta, la informo, y después de ella despachar la cola, se acerca a interpelarla, en su poltrona, comiendo una bolsa de patatas recién comprada en el bar. Rehúsa ser atendida, airea sus malas pulgas.
  ¿Pasará ahí el día? ¿Pasará la noche?
  Siempre queda un regusto contradictorio, acibarado, un resquicio de duda, compensada por el devenir del tiempo que sabes que aún media antes de que el día caiga. ¿Y si nos equiparáramos a su delirio (me dio la idea la pregunta que hizo a María: ¿dónde está el hotal?), haciendo del Centro el imaginario "hotal" que ella aguarda? La entraríamos con amabilidad, que ella lo viera, que depusiera su aversión anticipada, prejuiciosa.

jueves, 19 de enero de 2012

Respiras libertad


Respiras libertad en un pobre Centro.
Saliste de León, de la cárcel, recientemente.
De paso hacia Canarias, con el papel del Ministerio.
Veinte días encerrado, para que su hijo no pagara.
La habitación, sobria y austera, logro de una noche
que se las prometía canutas en la Policía, te parece de lujo.
Rebosas agradecimiento y quieres explicar los pormenores
y entender cómo funciona todo, los mecanismos de las rutinarias
normas que para ti son dechado de novedades.
Tu ojo estrábico y nublado por un punto opaco,
subraya el entusiasmo de este ingreso nocturno,
cuando ya te veías vagabundear por las calles.
Un día más. Desde luego. Lo tendrá con que hable con la
Asistenta Social. Hasta tomar el ferry a Canarias.
El acento característico, jovial.
Las comparativas con el tiempo estival todo el año
y los fríos que ha padecido en la celda, en León.
Habían preguntado por teléfono y el conserje zanjó:
-Está completo.
Al personarse por probar suerte, estaba yo (no el otro),
y le hice hueco en la habitación de las mujeres, vacía,
para reinstalarlo a la mañana.
Para unos el Centro es deplorable (recuerda a Rafael Pelayo).
Para otros un festín de novedades.