miércoles, 30 de octubre de 2013

Ha detectado algo anormal



  Ha detectado algo anormal en el muelle y coge perspectiva para verificarlo. Dos buques pegados. Uno de los dos sobra, y es difícil explicar por qué, Listán no lo hace.
  Controla los atraques pidiendo en la garita de información turística la relación de buques que arriban en el mes. Le interesa porque lo notará en las arcas, es decir, en el sucio trapo que apoya en el suelo con unas monedas.
  En el escalón de una antigua Agencia de Viajes cerrada está extendido su pordiosero camastro en Canalejas. Retoma la conversación mientras los colgantes del cuello le temblequean: un pendrive, dos huesos, varias monedas con orificios centrales. En la cartera de cuero marrón colgada del hombro la sempiterna cartilla del banco Sabadell, más manoseada que inscrita de dígitos que no asoman, el salario social ése.
  Bajo la gorra los ojos se abisman recordando, perforan los edificios, se inyectan de ira retrospectiva. La hilera baja de dientes sucumbe a la negritud del consumo de antaño, un consumo conveniente para ganar traficando, trayendo desde sudamérica, lo que le supuso dos años de cárcel en Lima. Por alguna razón abstrusa su apelación a la embajada española surtió efecto, y así dió pie a ser trinchado con 30 kilos de hachís en una mochila ya por estos lares, y, desde ese momento, a trabajar de confidente. Ya se entiende, se hace la vista gorda y de todo cuanto observe informa a cambio.
  -Diez toneladas iban en aquel buque. Y si no es por mí...
  No; los perros no las hubieran detectado. Fue necesario el soplo para buscar bien y saber dónde hacerlo. Desde entonces su observatorio sigue siendo esta zona de mucho tránsito y tan acostumbrada a su mole de oso marino sucio y desmañado que ya ni se le mira por el rabilo del ojo.
  Dijo una vez que el pendrive que le cuelga es información confidencial, acopio de los años, secretismo que desmantelaría la integridad de jueces, policías y otras personalidades. Es su salvoconducto para ser temido, para ser obviado.
  -¡Cuando quieras información, me la pides!
  Grita al despedirme. Me desconcierta, porque yo no viene a espiar a nadie.
  Habita en él la bestia. La mole pesarosa torna furibunda pesadilla que podría arrancar de cuajo un árbol. El coche de la Cruz Roja hace dos noches casi lo vuelca, lo retiró el conductor con presteza al ver que lo balanceaba, lo golpeaba y pataleaba. Lo siguiente hubiera sido estallar la ventanilla de un puñetazo y sacarlo por ella del cuello. El compañero en tierra casi encaja la trayectoria del brazo que esgrimió como un arco que se tensa.
  No degeneró porque faltaran a darle el zumo que debía acompañar al caldo caliente y al sándwich de pollo. Es que ese tal, de nombre inrecordable, conspira, y él ha descubierto sus mañas. El reparto de los lunes y miércoles le complace, porque lo hacen otros, el de los viernes, de un tiempo a esta parte, lo hace el susodicho con desprecio y pinchándole.
  Listán es un subproducto de conspiraciones y mafias. Ya no puede interpretar nada sino a través del tamiz de la venda corrupta que le obnubila y le ha quedado indeleblemente adherida. Es imposible sanear una mente que no se trata, que no se cuida, que ha enraizado hasta permanecer vigilante filtrando malos y buenos según un criterio de desajustes o simplemente descuidos.
  Los domingos se coloca en la puerta lateral de la iglesia San Agustín. En tres misas seguidas saca de diez a veinte euros. Eso, si no hay atraque de buques turísticos.
  Estaba entusiasmado al detectar la anormalidad de aquellos dos buques tan próximos en el muelle de enfrente. Para el que desatiende esta presencia habitual, atractiva, de suntuosos buques que nunca coge, le parece que la rareza vuelve a estar en su mente descabritada.
  Al día siguiente la prensa informa someramente de que en el muelle Alfonso XIII hubo de atracar el crucero FTI Berlín por sufrir una avería. Eso hizo que ocupara plaza muy próximo a otro que ya estaba.
  Pues sí; sí que la anormalidad observada por Listán era cierta. Quizás a su mente le reste todavía algún crédito entre tantas conspiraciones.

miércoles, 23 de octubre de 2013

No soporta el olor


  No soporta el olor del dormitorio.
  Dice:
 - ¡Los peos que se tira!
 Señala a Jesús Moreno, dormido, pálido, apacible y chupado de rostro, en la cama contigua a la suya, separada por sendas mesillas de noche, arropado por la colcha anaranjada hasta el cuello.
  No es solo ese olor sino el de la enfermedad adherida como una piel de caliza seca, insuficiencias de órganos vitales que perfuman un hedor de fosa para gatos atropellados en carretera.
  - ¿Por qué no abres la ventana?
  Jesús Romero se ha sentado en los peldaños de la escalera, se agita el pelo con la mano, la boca circunspecta rodeada de perilla, la mirada esquiva y frustrada.
  - Entonces le entra frío -. Reflexiona y añade hosco-. Si yo lo comprendo. Me tengo que aguantar.
  - Pues deja la puerta abierta un rato. Voy a traer el ambientador.
  Zuazo sale al pasillo con su mole de peonza invertida aplastada por la gravedad, la faja bajo la camiseta ocultado las bolsas para las heces, no siempre la enfermedad de Crohn provoca esta solución quirúrgica. He vigilado que no fumara con Yonathan el porro que habían preparado en la esquina de la plaza, el sospechoso cigarrito del último minuto antes del cierre. Al atisbarlos en la diagonal opuesta, en vez de a la puerta de entrada, la sospecha se hizo evidente. No sentí interrumpirlos, por el abuso de confianza.
  Asoma a la habitación de los jesuses y acciona la napia desde el vano de la puerta, se solidariza con el Jesús que está sentado en los escalones:
 - Sí que huele peste.
 No hay comentarios, huelga su veredicto aprofesional, su chulesca intromisión. Indiferente, se pierde en la oscuridad de su dormitorio, donde abultan sus compañeros en las respectivas camas.
  Traigo el ambientador y se lo paso a Jesús Romero. Rocía el espacio del dormitorio, crea una secuencia de nubes de motitas que en su caída suave pretenden aplastar como un pistón la predicada peste. En el lecho el foco irradiador permanece dormido, sumido en el cansancio de la jornada, las revueltas por los callejones a golpes de muleta, sin ver perfiles por la ceguera. Me devuelve el ambientador, y se encierra para acostarse en el hermético frasco-dormitorio de la mezcla.

  Por la mañana le alargo el cola cao e intento, frente a su sempiterna protesta por la insuficiente temperatura de la leche, demostrarle lo contrario tentando el vaso. Niega la posibilidad de rectificar o corregir. Se lo bebe a sorbos rápidos para demostrar:
  - Si estuviera caliente no me lo hubiera podido beber del tirón.
  A lo mejor su paladar está estragado como la pituitaria condenada al mal olor durante la noche.
  La fosca antipatía de Jesús Romero es inofensiva mientras no sobrepase el umbral de resistencia que está en concordancia con la esperanza de irse a un piso compartido en Puntales.
  Hoy toca baratillo, y me extrañó que no indicara levantarlo a las seis y media para coger el sitio y montar el puesto. Le pregunto al respecto.
  - Es que ya tenemos licencia.
  Me la muestra. Es un folio amarillo encabezado por su foto y los datos que lo acreditan. Las licencias las han expedido gratuitamente a los que han demostrado asiduidad, lo que favorece el no tener que pugnar por el sitio, cada cual tiene asignado el suyo. Ya le compré libros una vez, y me asegura que sigue teniendo.
  Después del cierre y de haber calmado un ataque de furor dominical que ha afectado a Saray, el travesti, transformándolo momentáneamente en una máquina asesina, busco en el baratillo a Jesús Romero.
  Me muestra el expositorio a ras de suelo y me pregunta si tengo una mesa de playa, o eso, o una tabla y sus apoyos. No puede extenderse demasiado y por eso le han quedado artículos guardados en una caja. Lo que expone son cables, clavijas, móviles viejos, etc. No veo libros.
  - Yo venía a comprarte un par de libros.
  - Espera. A ver en la caja.
  Remira por el fondo metiendo el brazo como el mariscador caletero en las grietas de las rocas.
  - El que me queda ya me dijiste que lo tenías. El Silencio de los corderos.
 - ¿No tienes más?
 Quedo cariacontecido. No he venido más que para gastar en los libros que él pudiera vender. Con desparpajo me explica algunas alternativas para otro día, que no me convencen. Le hago la broma.
 - Me parece que voy a seguir sirviéndote el cola cao frío por las mañanas.
 Su risa es una carcajada seca con mueca de complicidad.
 - Qué cabrón ¿no?

miércoles, 16 de octubre de 2013

Ha salido escopetada



  Ha salido escopetada de Sevilla, contrahecha, arrugada, voz temblorosa; su nombre: Lerena. A Saray, el travesti, de leotardos amarillos, microfalda plisada, blusa ajustada rosa, sujetador de encaje señalándose, coletas de pipicalzaslargas, le ha narrado el pésimo ambiente familiar del que ha huido, y otras revelaciones sobre sus hijos, sobrinos, parejas, etc. Saray, cordobesa, ha encontrado por fin una compañera de habitación que la acepte, pues las otras protestaron, debiendo reivindicar su feminidad aduciendo que en otros centros siempre se le ha integrado en habitaciones de mujeres. La piel es morena y áspera, el acento acusado, los visajes ampulosos sin llegar a vehementes; reservándose siempre una cierta timidez bajo el rudo donaire.
  Tras dos días de ausencia de aquel ambiente, Lerena siente que se muere, le entran temblores, angustia, ha de recostarse en los asientos del vestíbulo y requerir una ambulancia, que es avisada por teléfono. Al otro lado advierten de una presumible demora debido a la ocupación en esos momentos de los efectivos sanitarios.
  En el Centro se crea cierta expectación, aunque nadie agobia. Hay quien hace especulaciones al hilo de la parca información, Lerena no sabe explicarse bien, ignora qué le ocurre, nunca había sentido nada igual. El Centro parece a menudo una antesala o una postsala de hospital, recién se ha incorporado a la nómina de padecientes (Zuazo con la enfermedad de Crohn, Jesús Moreno con Sida, etc.) Benia Bouadallah, de origen argelino, del que siempre recordaré su participación como extra en la película El doctor Zhivago. Incluso se asemeja al protagonista, es un Omar Sharif avejentado, sin dientes, la mirada amplia y penetrante. "¡He perdido 30 kg.! ¡Por cáncer de pulmón!" Y, en efecto, es evidente su deterioro, y las nuevas dificultades para desenvolverse, precisando ayuda de bastón y de algún improvisado colaborador para levantarse del asiento, abrocharse el cinturón, conducirlo a la taza del váter, etc.
  Saray había recogido entre las confidencias de Lerena su adicción a la heroína, droga entorno al cual giraba la vida de aquel ambiente sevillano del que ha salido escopetada para venir a refugiarse aquí. Y ahora, durante esta situación de desgarramiento interior que siente que se muere, se le ocurre mencionarlo, dando Zuazo, que andaba atento, con la clave: "¡Eso es el mono!"
  La enfermedad de Zuazo hace que lleve una faja rodeándole la cintura, con una abertura lateral donde inserta las bolsas, tres al día (94 euros sin receta médica la caja, 4 euros con ella), que recoge las heces. "¡Esto es para toda la vida!" -dijo con fastidio asumido y voz poderosa. Andará por los 35 años, lo que agudiza el pesar de dicha tara, que, sin embargo, no le impide llevar una vida normal.
  Zuazo propone la solución para Lerena, que no duda en imponer, más cuanto la ambulancia tarda en aparecer. De su dosis particular de metadona (40 mg + 40 mg), entrega una pastilla, para que la ingiera. Lerena jamás había oído hablar de este sucedáneo.
  A la media hora aparece el técnico de la ambulancia con el vehículo aparcado en la plaza estorbando el paso. Aviso a Lerena, que ya se había acostado más recuperada, y la acompaña Saray. Entre las dos explican la mejoría que ha experimentado, y el origen claro del mal. El técnico da su conformidad, esbozando una docta explicación sobre la función de la metadona, y, en su caso, la conveniencia de que se ponga en manos de un facultativo para que se la recete y lleve el control de su dependencia. Le toma los datos, y se despide.
  A los diez minutos he de acallar a Saray y Lerena que andan en el cuarto de baño metidas comentando a viva voz las incidencias acaecidas y la gracia de su recuperación.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Eso es lo que yo necesito



  -Eso es lo que yo necesito. Disciplina. Nunca la he tenido.
  Dijo haberme visto en la ducha de la playa Santa María, de volver de un baño, pero que no me saludó, no recordaba mi nombre. Iba por el paseo, acompañado de una chica.
  Es joven, apuesto, sin duda fácil de atraer a niñas bien a las que liga, como la hija de la alcaldesa de M*. Moreno, cara alargada, habla rápida, a veces entrecortada, pero firme. Las formas de rapazuelo madurado. Había sido novio de aquella chica, atraída por ese halo de indisciplinado no sujeto a reglas que soslaya más o menos abiertamente. Era una forma de rebeldía frente a la madre alcaldesa.
  De todas formas él se ocupó: vendía Mercedes extranjeros, a lo mejor tres en un mes, luego ninguno en el siguiente, llevándose un diez por ciento de comisión. Por lo demás, ahora depende de los envíos inconstantes de un tío suyo; los padres hace ya siglos lo dieron por intratable.
  Las tareas menores de pillastre buscavidas que ahora le compete son: 1.- Compra de un kilo de mojama, y reventa troceada por calles, bares, conocidos... 2.- Rifa clandestina de una paleta de jamón y queso manchego... Tacha un número sobre la cartulina y escribe debajo mi nombre y el Centro, a cambio de un euro.
  Las habilidades de don Juan me recuerdan a aquel Jesús que camelaba con batallitas muy bien elaboradas y adornadas. Las pobres, a la sazón, mal prevenidas por los padres, reconocían al implacable buscavidas que solo quiso disfrutar y no apechar ninguna responsabilidad cuando las dejó preñadas.
  Víctor Águila reconoce que necesita disciplina porque nunca se ha sometido a alguna y se ha apuntado para ingresar en un centro que se la inculque. Podría volver a compartir piso y a desmañarse a cambio de disfrutar su juventud desgobernada y sin brújula. A él le acompaña el atractivo y encanto, a pesar de que Chary y Paqui, mayores, se quejen de que ande en calzones y descalzo y cosas parecidas que muestran su desdén por las normas de convivencia.
  Para vengarse él les dice a la puerta de entrada que ahí no se fuma porque la brisa empuja el humo al interior; entonces Paqui se descompone y su nariz ganchuda retiembla y sus ojos bizquean indignada. Las protestas de Chary se ven reforzadas por la mueca torcida y callada de su novio actual, de calva ahuevada, que no sabe si interponer una resolución viril al tema.
  El rostro de Yonatan refleja más picaresca desabrida e informal, no acompañándole ningún atractivo. Es redondo, diabólico y remarcado por dos salcillos inquietantes. La boca hace muecas asqueadas cuando no profiere desatinos malsonantes:
  -Ahora toca irse a la puta calle.
  El ejemplo de Víctor Águila ha debido influirle con los días e imbuirle alguna diplomacia para que alargue también la estancia con la excusa de su afán reformatorio. Entre tanto acude a la lonja del muelle pesquero con un serón para llenarlo de pescado sobrante que le apartan y luego vende de bar en bar. La innata insumisión queda confinada a raptos controlados en la sala de televisión que son serenamente sofocados como un anticipo del ejemplo que en el futuro y en centros más especializados hayan de recibir, siempre que su juventud callejera resuelva definitivamente reprimir sus ansias de libertad sufragada con aquellos inseguros conatos de honestidad para no descarrilarla con asaltos, estafas o robos indebidos.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Tendido en medio de la plaza



  Tendido en medio de la plaza, boca arriba, los brazos y piernas en aspa, sorbe profunda y aturdidamente el frescor de los algarrobos animados por la leve brisa que corretea como huyendo de un molino gigante.
  Ha notado la apertura del Centro y ya está, tambaleante, remontando los montículos de solería provocados por las raíces. Lleva meses en el programa de Luz y Agua, últimamente protestaba displicentemente de los mosquitos nocturnos, y la asistenta de allí pidió explicaciones aquí. Las explicaciones al insecticida, que no fulmina. Hasta de madrugada se ensañó con ellos a vozarrones que hube de acallar. Sin duda la mala sombra debía enriquecer la sangre y convocarlos en detrimento del resto de durmientes. El otro vigilante, que lo ve en tal estado en este su turno, le indica que se de una vuelta para despejarse y recuperar algo de sobriedad, a lo cual obedece a regañadientes, pues por supuesto niega tal estado.
  En el vestíbulo se encuentra Jesús Moreno dirigiendo su vista deficiente al infinito borroso de los muebles, el bastón apoyado en la baranda de la escalera, la escualidez de enfermo terminal abrigada en sí misma, la voz reflexionando en alto sobre el calor y las cosas del verano. Enfrente Paqui, hoy descansada del voluntariado en la Asociación Equis de Mujeres y en la Cruz Roja, la nariz picuda, resoplando y aireando la pechera con movimientos ondulantes de la camiseta, las hijas en sus cuarteles generales.
  No ha pasado ni media hora cuando Francisco Cantero regresa del oreo propio inefectivo con lo cual el vigilante vuelve a reprenderle por su estado de ebriedad malformada. La negativa es insistente, como si no supiera distinguirla o es que está últimamente demasiado implícita en el carácter de él.
  -En ese estado no puedes permanecer en el Centro. Vas a tener que coger tus cosas y marcharte.
  La paciencia del vigilante se ha agotado, sin que deponga la corrección y las maneras. El otro se queda perplejo, el aval de estar suscrito al programa de Caritas presupone una inmunidad que no puede soslayarse así sin más. Sin más, claro, porque no se adivina en su colocón que debe incluir algún género de estimulante más allá de la bebida o alguna mezcla de pastillaje reactivo. Hay en sus soledades y protestas prepotentes de los últimos días una rabia acumulada que, desgraciadamente, explota ahora.
  El vigilante está sentado y parapetado en el mueble de recepción, lo cual le propicia una indefensión añadida ante la subsiguiente reacción inesperada. Francisco Cantero sortea el mueble, penetrando por la bocana que hace una ese y también accede al aseo y a la consigna de las maletas y comienza a propinarle puñetazos y a insultarlo furiosamente. El vigilante se protege como puede, del forcejeo rompe la camisa, el asiento a ruedas acaba resbalando por el desequilibrio del peso desplazado y cayendo. En el suelo le llueven patadas.
 Paqui, alarmada, histérica, ha salido fuera y, en la plazoleta, ha telefoneado a la Policía Nacional. Jesús Morena escucha las trompadas sin poder intervenir por su flaqueza de enfermo. Del primer piso baja Mustapha y un Manuel de Chiclana que intervienen para arrancar al atacante de su obcecación violenta. Con palabras de calma y diplomacia e interponiendo sus cuerpos logran conducirlo fuera, el otro descompuesto, los ojos fieros, la voz rotunda:
 -Hijo de puta. Te voy a matar por echarme a la calle. Peazo maricón. De esta no te salvas. Yo no vengo bebido ni pollas.
  Manuel de Chiclana tiene la picardía, al conocer por un intercambio fugaz con Paqui de dos palabras, que ella, descompuesta la mirada, ha avisado a la policía, de advertirle que se quite de en medio porque aquella está asomando por la esquina. Francisco Contera no ve más allá de su fiera obnubilación y hace caso sin mucha prisa.
  El vigilante se recupera condolido. Los nervios y la humillación le han afectado más que los golpes, cuyos efectos, no obstante, comprueba frente al espejo: una leve tumefacción a la izquierda de un ojo, un moratón, más doloroso, en el muslo.
  A la media hora suena el móvil de Paqui, preguntando la policía si sigue siendo necesario intervenir. Ella entrega directamente, sin contestar, el teléfono al vigilante. Este queda enterado de que acudirán si aquél reaparece y también lo harán si desea denunciar la agresión. Lance del trabajo, quizás piense; o desdén burocrático. Prefiere apechar, sin más.
  Por el resto de la tarde mantiene cerrado el Centro por precaución. Los usuarios brindándole comprensión y apoyo.

jueves, 19 de septiembre de 2013

La pareja acude a verme



  La pareja Juan Cala-Verónica acude a verme, saludan a algunos usuarios conocidos, espera que se marchen para abordarme en el interior. La génesis de las sonrisas es a menudo inexplicable, surgen ante la espontaneidad de un gesto amistoso, una visita, la simpatía arraigada en tiempos de compartir momentos de incertidumbre y congoja. Espontánea y desinteresada, por supuesto. Por supuesto si les puedo prestar diez euros.
  La ropería es golosa como las tiendas de marca para quien tiene dinero, solo que aquí no hay marcas, sino ropa usada, precaria, deficiente, habría que inventar incluso de la que siempre falta: interior, pantalones de talla mediana, zapatos de hombre del número cuarenta o cuarenta y dos... Yo prosigo finiquitando el orden y limpieza somera antes de chapar.
  No me disgusta la petición de dinero a cambio de unas sonrisas sinceras y certificar el entusiasmo y el buen rodar de la pareja. Pero el canje no ha de ser automático y consentido sin más, al menos hay que desayunarse algo y recabar las novedades que les atañen. Las Brisas, en la zona del Mercado de Abastos, donde estuvimos la última vez, pilla lejos; si cabe no hacer tan extenso el recorrido... Nos metemos en el Galicia.
  Ruedan los medios cafés y las tostadas y las novedades que les incumben y a mí siempre, por afecto y simpatía, interesan, más si a la postre he de convencerme de la debilidad ocasional de mi cartera.
  Lo más importante es que el nido de amor que me mostraron la última vez lo van a abandonar. Los motivos, principalmente dos. Uno: que se han comprado por mil quinientos euros una Nissan Trade y la van a acondicionar (a campinear) para dormir en ella; revestirán las paredes de tablones de madera y encajaran un colchón mudable. Dos: que el ambiente últimamente empieza a ser muy jaleoso y desconsiderado respecto a los demás inquilinos. Ya no hay limpiadora y no hay organización para ocuparse de los puntos comunes: cuarto de baño y cocina. Principalmente ha degenerado a partir de entrar un antiguo y generoso indigente, tan generoso que permite pernoctar allí a quien se le antoja y por quien experimenta una peregrina flaqueza, lo cual comporta la desconsideración hacia el resto en cuanto a ruidos nocturnos, campar en paños menores y la susodicha limpieza y orden.
  En una ocasión Juan Cala se topó a un andariego de pasillo despelotado y a este sí le llamó la atención. "Vale, ya. Que hay mujeres y pueden aborrecer el espectáculo". Su gesticulación es de enorme proteccionismo hacia ella y de complicidad varonil hacia mí. Ellos se han desenvuelto hasta ahora como cuando estuvieron en el Centro, sin tratar ni molestar a nadie, el que les alteren y le hagan intervenir da muestras de su malestar.
  Me actualizan el estancamiento de la paga de ella, a falta del padrón histórico. La administración le ha cuestionado el tiempo que estuvo en Gerena (Sevilla), hospedada con una familia, a cuyos hijos instruía; la coexistencia con inquilinos en un mismo hogar que percibían paga y que figuraban como familiares. No; no eran familiares, asegura ella. El cruce de correos para aclararlo lo ha asumido nuestra T.S.
  En el móvil me muestran una foto de la Nissan Trade que compraron y en la que se van a encajar a dormir en cuanto la "campineen". A partir de la semana que viene se ahorrarán la mensualidad del alquiler, tres meses han permanecido en total. Les servirá además, por supuesto, para pequeños desplazamientos. El piensa ofrecerse a algunas chapuzas de albañilería; si hace falta, cargará con herramientas.
  Finiquitado con delectación el desayuno, a parte de pagarlo, asoma de mi cartera el billete primeramente anhelado. A causa de la compra de la Nissan han quemado la paga de este mes, y, además, no son de asomar por María Arteaga, menos en domingo que solo reparten bocadillos. Aunque me aseguran la inmediatez de la reposición, les dejo un tiempo indefinido, que es casi como consentir en considerarlo un donativo sin más, pues es lo mejor para no subrogar el refrán y así no perder ni el dinero ni el amigo.
  Nos despedimos asegurándome que me enseñarán la Nissan cuando esté “campineada”. Yo me conformo con que mi bici no esté pinchada.

  El rumano Dorphun Angel, al día siguiente, que concluye la estancia y abandona Cádiz, me regala la bicicleta de tamaño mediano que me había ofrecido otrora por diez euros, para no cargar con ella. No entiendo que no encuentre a nadie mejor para deshacerse de ella. Me compensa de los diez euros empeñados en la pareja. ¿Me compensa? La dejo intacta en el rincón de la última planta, la que da a la azotea, aparcadero improvisado de los eventuales ciclistas trotamundos. Al cabo de los días soy yo quien la regala a su vez, a J. Juan que vende variantes de cupones detrás del Mercado de Abastos entre semana y se pone en el baratillo los domingos.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ella es su motivación



Ella es su motivación:
la pequeña;
la lleva de paseo y a jugar al parque.
Los otros tres están bien colocados
salvo el menor, de quince años,
que está en un centro de menores.
El rostro está así como tiznado y es
áspero. El cuerpo, sin embargo,
es esbelto, las piernas torneadas.
El rostro feo, el cuerpo bonito. El
rostro es también el reflejo de los
vapuleos del alcohol
y las duras relaciones pasadas.
Hoy ya está en paz consigo misma.
En paz y pidiendo en la calle Compañía
con un cartón que pone: cuatro hijos.
Y leyendo un libraco de mil páginas,
encajadas unas gafas que le dan aire intelectual,
las piernas dobladas mostrando su
suave moldura.
Los turistas pasan a raudales por su lado,
desembocando en la plaza de las flores:
en los kioscos y puestos de cueros y baratijas.
Luego por la tarde irá a "la Curva"
donde una tía cuida de la pequeña
y pasa con ella,
en el parque a la espalda del enorme
edificio azul,
la tarde.