lunes, 31 de diciembre de 2012

Levantándolo media hora antes.



  Levantándolo media hora antes de la hora estipulada permite darle tiempo, en caso contrario rebasará con creces la hora de abandono, por más prisa que se de. La luz, aunque la deje encendida, la apagará. No ve, pero lo relumbra. El fruncimiento de entrecejo es constante protección contra las luces incómodas. A más fruncimiento, más le daña, y la luz de la habitación es de las más perniciosas, por eso la apaga lo primero. El brazo lo asoma como un tentáculo entre la puerta y la jamba, pues el interruptor accesible está fuera. Luego esgrime la botella y en un rincón fuerza la próstata durante media hora a gemido pelado; el llanto nadie lo oye; el dolor es agudo. Las sombras amortiguan el lamento mañanero en su rincón a pie de cama, alguna ropa colgando de la percha, la meada no siempre dócil entrando por el orificio; por eso dispersa gotas y ráfagas que van impregnando de mal olor el espacio; no procede en el cuarto de baño, excusará que es que no le da tiempo a llegar, aun siendo costumbre por no entorpecer el tránsito de otros, ya que él necesita su tiempo. Ya nadie comparte habitación, el último, Menacho, reposó en el hall la última noche. Después se le ha dejado solo.
  En el lavabo la ablución principal es de la cabeza, principal y única, en la que gasta restriegos continuos, trayendo el agua en el hueco de la mano. La erosión de los muchos años de práctica le ha pulido la frente y las mejillas, ha desbastado protuberancias, bruñido de límpida palidez el rostro nonagenario. Después de secarse con cuidado de un exceso de fricción de la toalla, se peina el poco pelo del cogote como si pasara reiteradamente el arado por unas tierras de fina ceniza. El pelo está ya asentado pero él insiste en el repaso con sinusoides de carrusel que acaban en la nuca. El refresco de la sobaquera es leve.
  La ropa se la viste encima del pijama para preservar el calor de la cama y contrarrestar el frío callejero. Del último tránsito hace varias semanas se negó al apoyo de la auxiliar que le hacía sufrir lo indecible al curarle una úlcera. Las perneras del pantalón de pijama las revuelve por encima de las rodillas como si fuera a mariscar, antes de cubrirse con los pantalones, para lo cual se sienta en el borde de la cama y empieza a rebañar la tela. El torso lo cubre con una especie de sudadera y el anorak destintado celeste, por supuesto, encima del pijama. Entre sus cachivaches una bolsa roja colgada y el neceser verde también de colgarse; dos bolsas de plástico: en una tetra bricks que irán a la basura, en la otra la botella de la orina; y la vara de ciego.
  A paso quedo se aventura al ascensor y luego asoma al hall donde en los sillones termina los preparativos, hoy enfrascado con más calma en ellos, pues vienen del Ayuntamiento a recogerlo. Por fin se ha solventado su situación. O por fin él ha cedido, según se mire. Su tenue pestilencia la añorarán quienes se le cruzaron. La propia alcaldesa Teofila ha firmado para soslayar obstáculos (ya no importa la actualización del DNI, la solicitud de PNC, el certificado de exclusión social, etc.). Ingresa en la residencia San Juan de Dios, con todos los gastos pagados.

La nave de ocupas. No todo estaba contado en el artículo.



  No todo estaba contado en el artículo en el que salió cuando vivía en una nave abandonada, la foto de portada en la que Pecci aparecía mostraba un habitáculo penoso, profuso de ropa y objetos apañados, las paredes húmedas y descascarilladas, ninguna ventilación. El periodista le indicó que buscaran una distinta a la suya para suscitar pena, porque la suya estaba reluciente, bien que se afanaba en tenerla así, cuidada, limpia, con mobiliario reparado a conciencia. A pesar de la precariedad se habían organizado bien, había unos veinte ocupas, contaban con la anuencia del vecindario de alrededor, nada denso de viviendas, sí supermercados y almacenes. Incluso la policía local conocía aquel asentamiento y lo respetaba, no habiendo recibido órdenes en contra. La provisión de agua y luz era factible con un par de amaños y hasta el propietario los visitaba para ver cómo iba todo y animarlos. ¿Qué pasó entonces para que después de dos años los desalojaran?
  La misma publicidad del artículo ya suponía un apunte reivindicativo de la falta de viviendas y aquella nave de los antiguos talleres de formación de astilleros, perfectamente compartimentada, era el muestrario, mediante varios ejemplos como el de Pecci, de que la necesidad obligaba, pero con buena voluntad y digno sentido de la supervivencia podía sobrellevarse. En sus propias palabras, Pecci estaba de puta madre. Hasta del supermercado les traían los excedentes caducados, se respiraba armonía alrededor, incentivaban el espíritu solidario de las gentes, en tanto ellos mostraban no ser un nido de corrupción y alimañas. La publicidad mostró ejemplos de personas golpeadas por el infortunio que se habían organizado como una comunidad cargada de sensatez, pues todas las tentativas de hallar salida por las vías habituales fracasaban. No había trabajo y se les hubo agotado el paro de cuando lo tuvieron.
  Afear la imagen del lugar, o más bien contraponerla al noble ánimo superviviente, quizás no fuera buena idea, aunque peor hubiera sido declarar que vivían bien y solo necesitaban que los dejaran en paz. Lo mejor hubiera sido permanecer en el anonimato suscrito solo a una visibilidad del inmediato entorno, no más allá. En una ciudad desarrollada, no dejaba de ser una situación anómala la subsistencia prolongada en aquel tipo de situación.
  Sin embargo la orden para el desmantelamiento no vino exclusivamente del escrúpulo de algunos personajes públicos que decidieron que una imagen así no podía prosperar, fuera de que, con la misma, no se interesaran en reubicar a aquellos irregulares inquilinos. Vino también del abuso que ellos mismos hicieron. Al final, sí se corrompieron. Sí se avasallaron, sí se drogaron, sí se robaron. En el artículo se había mencionado y mostrado un habitáculo que había sufrido un fuego provocado: lenguas de humo negro había impresas en la cal de las paredes, lo cual había empujado a huir al inquilino hacia alternativas igualmente precarias pero menos peligrosas. Solo se habló de unos asaltantes desalmados que aprovecharon la ausencia del día o la subrepticia noche para prender fuego. La verdad es que todos se conocían y, por tanto, a los culpables, que reaccionaron de forma vengativa a una serie de desencuentros. Así se las gastan.
  En palabras de Pecci: En Cái siempre acabamos cagándola, Somos nosotros mismos quienes la fastidiamos, empezando con enfrentamientos y abusos. Durante dos años estuvieron bien organizados, luego se corrompieron, luego la imagen encocoró a algunas autoridades. La Policía Local los desalojó y selló las entradas de la nave.
  En época en que proliferan desahucios por impago hipotecario la ocupación de casas deshabitadas, naves, antiguos cuarteles militares es una solución para quienes frisan la ley con naturalidad al anteponer sus derechos existenciales. Habrá a quien esta invasión le repela, lo mismo que solo le apenen someramente los suicidios por aquel motivo. Entre ver quienes ocupan casa y quienes se suicidan cada cual mostrará su predilección.
  Por eso Pecci apoya a las familias que acampan frente al Ayuntamiento para reivindicar una vivienda o ser beneficiario para resistir en las que tienen y de las que están a punto de ser desalojados.
  Sin embargo, fiel a sus propios enunciados, acaba fastidiándola, hasta terminar su propia estancia en el Centro, de la cual culpa a los guardas, que se han chivado o no le han advertido con tiempo. Después de dos meses se le ha percibido bebedor apocado, con repuntes de reacciones airadas, sin apreciar que estaba siendo tolerado, por ejemplo, en el abundoso equipaje destinado a la venta ambulante los domingos. No es cabal la alternativa que se le ofrecía, pero aun poca, también se pierde, por cagarla.

Santi, el tercero en la lista de espera.


 
  »Estoy el tercero en la lista de espera. El viernes por la tarde me telefoneó la asistenta: Santi, Me ha avisado Pedro R., Estás el número 3, Posiblemente la semana que viene ingreses.
  »Iré a Almería, lo prefiero en vez de Córdoba; por el mar. Ya estuve en el CPD de Tarifa; el otro que hay en la provincia de Cádiz es Punta Europa, Algeciras. A Pedro R. le advertí: Como esta vez me den el alta forzada a los tres meses me suicido, Cojo una inyección y me meto matarratas por la vena... Por favoritismo. ¿Sabes lo que es favoritismo?, me preguntaron. ¿Que no sabes lo que es favoritismo? Santi: ¿Tú no querías estudiar abogado en la cárcel? ¿Y no sabes lo que es favoritismo? No. Hacer favores. Tú has hecho favores, y eso es antirreglamentario... El centro es llevado por los internos: la comida, la limpieza... Yo era el encargado de lavandería. Uno me pidió lavar una ropa extra. No puedo. Venga, Santi. Hagamos una cosa: Cuando nadie te vea deslizas la bolsa de ropa sucia bajo mi cama. Así me fui comprometiendo. Hasta que se chivó un nota… Hijo de puta, maricona, chivata. Me voy a follar a tu madre y a dar por culo a tu mujer, Ayer quisiste mamármela y te dije que no, maricón, por eso te has chivado, Estuviéramos en la cárcel te rajaba la cara, hijo de puta… Se quedaron pasmados… Quise que figurase expulsado, no alta terapéutica, llevaba sólo tres meses; pero me la dieron; y normalmente se logra entre nueve meses y un año. Por eso le dije a Pedro R. que me suicidaba como esta vez me dieran el alta forzada.
  »Me trasladaron a El Dueso, Santander. Anunciaron por los altavoces: Santiago Moreno Viagas preséntese en el módulo 1. El nombre lo reconocieron varios de Cádiz: Hombre, Santi, El que mató al Manteca, Bienvenido... Me ofrecieron compañero: ¿Con quién quieres compartir celda?, Pues uno que no sea malote. Se llamaba fulanito. El primer día me dice: ¿Te piensas drogar, Santi? Sí. Por favor, no lo hagas en la celda, me quité y prefiero tener la droga lejos. Así que, al tigre; como casi todo quisqui: uno fumando, otro plata, otro pastillas (el panorama de drogadicción en un tigre es sórdido y repugnante). Al mes y medio quise ir solo a una celda. ¿Era posible? Había una que nadie la quería: la de Rafi Escobedo, al que acusaron de asesinar a los Urquijo. El no fue y... En ella había aparecido ahorcado, se había suicidado en apariencia. Del brazo colgaba una jeringuilla con cianuro, eso lo había matado. Los funcionarios lo colgaron para que pareciera un suicidio. Pagué por la celda. Las celdas se compran.
  »¿Que cómo entra la droga en las cárceles? Mujer, le escribes: Tráeme 100 g de coca, 100 de heroína, 200 de hachís y 40 pastillas de tranxilium y tranquimazín. El día del bis a bis las pasaba a escondidas en el coño. Le pasan la raqueta. Pita: pi, pi... A ver, quítate el cinturón; quítate lo otro... Y no deja de pitar..., hasta que lo dejan por imposible. El marido le ayuda a sacarse las bellotas y éste, embadurnado de nivea, se las mete en el culo; o bien se las traga; aunque es preferible lo primero. En el caso de tragarlas tardas más en expulsarlas, un par de días o así, a lo mejor hasta debes recurrir al médico para que te ponga un enema: Es que llevo varios días estreñido... Pero das demasiado el cante. Terminado el bis a bis en el patio te abordan los compañeros: Dinos, ¿Qué te trajo tu mujer?, Nada, Venga, Enróllate, ¿Qué te trajo?... Te enrollas con un grupo y ese te acaba protegiendo, impidiendo que otros te acosen: A este, ojito con molestarlo.

En las inmediaciones de San Severiano.




  En las inmediaciones de la iglesia de San Severiano, cogidos del brazo. Ella espigada, más alta que él, que tiene gafas y mira arrugado. Pasan por el lado de un coche que tiene el capó sembrado de las deyecciones de las palomas del árbol de encima, desplazadas por los estorninos del gigante árbol del Instituto Hidrográfico. Reparan en él y se ríen al imaginar al dueño cuando haya de enfrentarse a su lavado. Menuda papeleta la de ponerse a limpiar, todo por la torpeza de aparcarlo debajo de ese árbol.
  La risa se prolonga mientras caminan del brazo, y es una risa, la de él, desatada, boba, divertida, ni que tuviera coche y fuera experto en encontrar aparcamientos no expuestos a deyecciones de palomas; la de ella, condescendiente, sin ruido, estirada de mejillas.
  Para ilustrar la escena y comprender el sentido de la felicidad que los embarga hay que saber que, aunque él tiene reconocida una discapacidad del 40 %, lo cual explica cierto exceso de gesticulación y los rasgos infantiloides y los temblores cuando se pone nervioso, le procura a ella un afecto que no había encontrado en ninguno de sus anteriores novios, el primero el padre de sus dos hijos, esfumado como humo azotado por un viento de paso a las edades de 2 y 4 años de los niños. El último novio, el de Chiclana, ya con los niños en 9 y 11 años, retirados por la Junta, le maltrataba y ello le supuso un bajón de hasta intentar un suicidio con la ingesta de pastillas y ser atendida en el hospital. Los abuelos son los que le prepararon la encerrona para retirarle la custodia de los niños. Su reclamación de poder visitarlos al menos una o dos veces en semana la ha encomendado a un abogado de oficio.
  Espigada, el pelo recogido en una coleta, ríe sin ruido la divertida mofa del coche deyectado que hace él, en quien ha encontrado un respiro ingenuo a tanta perversión que es la que le ha hecho percibir una solapada desconfianza a su alrededor que la ha llevado a reaccionar encrespándose como un ave erizada y a negar que robara nada de la casa de él como le acusara el abuelo de 87 años y por eso la echó.
  -¡Cuando el dueño vea qué asco! Menuda pechá de restregar le espera. Ja, ja.

domingo, 30 de diciembre de 2012

En la puerta de la iglesia de San Antonio.




  En la puerta de la iglesia de San Antonio, sol de invierno sobre la plaza. En seguida de los primeros euros se acerca a dos barracas que tiene enfrente, pero no son los primeros whiskies de la mañana. El tempranero le quitó el temblor del amanecer, así como el de madrugada el del desvelo. Si le falta hace memoria de dónde habrá podido esconder alguno de reserva. Pide permiso al vigilante para fumar un cigarrito a la puerta de la calle, que no duerme, está muy muy mal; la voz ronca y atrompetada, el rostro salpicado de burbujas de carne, plieges solapados que dificultan la placidez de los ojos. La noche es fría, los algarrobos retiemblan adormilados. Anoche vino bebido y no recuerda; ahora encima las imágenes confusas se las invaden bichitos y otros entes alucinatorios. Está muy mal, y aguarda a entrar en Girasol, donde hace muchos muchos años se quitó de la heroína. Mira fijamente el contendor anaranjado del reciclado de aceite usado, debajo queda una franja donde cabe la mano. Ya está. Acaba de recordar. Cruza la plaza y mete el brazo. En efecto, anoche guardó uno aquí: saca el botellín de whisky, se lo zampa; a lo mejor hay más si se tiende y extiende el brazo por lo bajo. Regresa con el vigilante y al poco comienza a sentir el efecto y se calma, mira el temblor de mano como cesa; y concilia el sueño. De mañana le fían en un bar y toma el tempranero, antes del acopio a la puerta de la iglesia de San Antonio. Las viejas no lo saben, cómo lo van a saber, si no no le echaban. Alguno le ha revisado el campo de batalla de los botellones el fin de semana y detectado un culo de vodka o whisky y hasta media botella. Él se lo cambia por un euro y se lo bebe en dos tragos.
  Tiene 59 años y el único ingreso el bote de los restaurantes en los que trabajaba en Roquetas del Mar, deferencia de los compañeros; pero últimamente se han olvidado, por, seguramente, correspondencia con el olvido propio, que ni siquiera los llama para reiterar su agradecimiento. Le desearon se curara y así regresara pronto a sus funciones de metre excepcional, entendido, preocupado por satisfacer a la clientela, a la que henchía su desparpajo y erudición marisquera. Siempre la coexistencia con la bebida fiel la sobrellevó hasta que últimamente le ha llevado a disparatar y discutir mucho. Así no puede. Por tanto, no es trabajo que le falta. Es la adicción, que lo tiene envenenado.
  La dibuja como un ciclo y la retrospectiva le devuelve a la niñez cuando era maltratado por el padre, venía de la calle zumbado de beber, le zurraba a la madre, la pobre, ya murió, y a él, el mayor. Más bestia que hoy con noventa años aún vive y solo la hija menor, la santa de la familia, se hace cargo de las atenciones que requiere en la residencia donde está ingresado. Es un amasijo de huesos y arrugas. Da pena verlo. Quién lo va a querer de lo malo que fue. Él se escapó de casa a los catorce años harto de las palizas.
  Las secuelas quedan como una aspereza imborrable en la memoria del alma y por eso la vida de éxito laboral la corrompió el alcohol y le hizo divorciarse de la primera esposa, con tres hijos, y de la segunda, en Granada, con uno. Discute por naderías, lo ve claro cuando está sobrio y tembloroso, eso que no busca líos. Mi Mari, dice, es excepcional. No les cuenta a los hijos su indefensión, su sufrimiento, su crudo pedir a la iglesia y mezclar al whisky el vino en los bares. El destrozo estomacal es consciente. En navidad los visitará a Sevilla, a donde viven. O no. Ellos creen que sigue trabajando.

Fede. El abogado le confirmó el viaje.



  El abogado de la Cruz Roja le confirmó la aprobación: el viaje a la Argentina de aquí en dos semanas, el billete pagado y cuatro cientos euros de bolsillo, el compromiso de no regresar en tres años. La noticia debía ser buena, a la mañana del lunes debía personarse ilusionado para tratarlo de cara, no fue así. La inquietud se apoderó de él, el desasosiego a la hora de dormir, la ansiedad: He de echar un pito, dijo a Dilia Iris, y salió de la tienda de campaña a interceptar algún transeúnte nicotinado. También Dilia ha tramitado esa vía, el abogado le refirió que su caso era distinto, la única manera de repatriarla sería componiendo una expulsión desde comisaría y sancionándola el juez. Por la mañana también acudiría a verlo.
    Otras veces Dilia ha detectado este estado de nervios en que se sume, lo que no quiere decir que lo haya entendido. Fumándose el pito le masajea los pies y el cuello a ver si se relaja, Fede extendido todo a lo largo del interior de la tienda de campaña.
  La han enclavado en los fosos de Puerta Tierra, al principio en un rincón más cercano a la avenida que corre a lo alto y perfora la muralla por los arcos, hasta que asomó la policía local y dijo que aquello era patrimonio artístico y no podían permanecer allí. Se mudaron a Cortadura, se pusieron entre las dunas de la playa, al cabo regresaron, escogiendo de la misma explanada de césped la protección de un eucalipto opuesto a la avenida, más próximo a la estación de tren, al puentecito de acceso a la nave acristalada que encierra el bufido perenne de los trenes. En vez de tenerla montada todo el día, esperan a hacerlo entrada la noche; por la mañana temprano, sobre las siete, la deshacen.
  A Fede no le relajan los masajes de Dilia ni el cigarro que acaba de terminar, preferiría un porro de hachís, como fuma a diario, pero no son horas de acudir a alguno de sus amigos veinteañeros de la plaza de la Candelaria. Dilia no sabe por qué le invitan sin más, lo que es ella no le costea un vicio que no comparte, a lo sumo unas cervezas. El dinero le ha llegado sin querer, es más, la tienda de campaña la ha comprado ella. Recaudar cincuenta euros a través de los contactos de Fede, de los afectos que había dejado a su paso por el Centro, etc., se volvió complicado. La mejor oportunidad parecía la promesa de una que desde el centro Luz y Sol le buscarían, pero a los dos días le comunicaron que estaba apulgarada, deshecha, inútil. Dilia contemplaba esta tentativa ingenua e infructuosa, por su aparente afabilidad y carisma podía haber cosechado amigos que sumaran esa cantidad, amigos no de calle, sino profesionales vinculados a este ámbito que hicieran con él una excepción; porque costear un artículo tal no dejaba de ser una excepción, un capricho, había que fijarse no más en los numerosos indigentes que ni se planteaban alcanzar este lujo. Pero ellos querían intimidad, y Dilia al fin propuso, venciendo su orgullo, pagarla ella de una vez, sin tener que mendigar, con el dinero que había recibido recientemente de una ex pareja. Fueron al Decathlon y la escogieron por setenta euros, en dos minutos se monta, es verde y de forma cilíndrica acostada.
  Dilia Iris había hablado por el móvil (celular) con su hermana, la que vive en norteamérica, y le había contado, a la única, su situación: Mal, Estoy durmiendo en la calle. Le rogó que no lo dijera a nadie, no quería preocupar, ya saldría de esta. La hermana ignoró el secreto, lo contó a un ex de Dilia, no el padre de su hija, un hondureño que dirigía una empresa constructora, aún enamorado de ella. De haber rechazado su propuesta de acompañarlo en su andadura americana no viviría esta situación, pero la respetaba. Hablaron por teléfono, él le pidió que omitiera si tenía alguna relación, solo le interesaba ayudarla, ingresarle dinero en un número de cuenta, activarle una tarjeta de crédito. Dilia cedió, así pudo comprar la tienda de campaña, y manejar para gastos, y disponer para el billete de vuelta inmediato. De todas formas él la prefiere en España, como cabeza de puente, por si se embarca en negocios trasatlánticos, en nuevos proyectos de construcción.
  Los nervios de Fede le angustian, los masajeos a la postre le importunan, la noche es cálida y él se revuelve constantemente y se encrespa. ¿Qué tiene la noticia de la aprobación del viaje a la Argentina? ¿Que no quiere separarse de ella? ¿Que en verdad lo rehuye? Así no puede dormir, la discusión se avecina, los caracteres chocan, él destapa pequeñas ofensas, ella decide buscar dónde dormir hasta que se tranquilice. Camina hacia el hospital Puerta del Mar, son las tres de la mañana, había pensado en el Centro, pero desistió.
  Las calles vacías, los edificios de la avenida dormidos, moles cuadriláteras cuyos ventanales son ojos indiferentes que espían, las luces de los semáforos emitiendo para nadie, marcando el flujo vial del silencio, las farolas titilando como estrellas impostoras, algún barrendero en la distancia con cascos puestos peinando la acera, mirándola de soslayo intermitente, extrañado de su andar enfadado.
  Cada vez previene mejor el riesgo de explotar, porque ya le ha pasado varias veces, sorprendiéndola hasta el desconcierto, nota la pulsión de su violencia arreciando. Lo ha aguantado porque como dicen en su tierra, aunque se saquen diez de diferencia, con treinta y tres años ya tiene los huevos rayados. Evita replicar y replicar, que es justamente lo que él le reprocha, que rehúse una batalla viperina, mientras él le restriega intimidades que le ha confiado: Sos igualita que vuestra madre, le asestó una vez.
  En Tierra de Todos él quedó en la sala de ordenadores mientras ella acudió a clases de inglés. Como el nivel le resultó elemental, se salió y fue a departir con una asistenta social que le había cobrado afecto. Al reunirse con Fede se lo explicó tal cual, pero él entró en sospechas, no le gustó que hubiera abandonado las clases de inglés, no se creyó lo de la asistenta. Le puso de mentirosa, de esconder tratos con otros, le dio igual que pudieran oírle, elevó el tono, la llamó india por primera vez, que en su tierra significa propensa a coquetear con otros.
  No es tanto esto como que ella necesita charlar, y Fede ha demostrado cansarse: Hablemos, le decía en momento de solaz, prodigándose caricias, De qué, Da igual, y él permanecía silencioso y absorto, con esa mirada triste y penetrante que encierra un furor adormilado. Necesita expandir su don de gentes, y que él confíe en que no le va a traicionar.
  Una tarde se sintió mal, palpitaciones en el pecho, y como ya arrastra una leve afección cardíaca acudieron a Urgencias. Ni que decir que las horas corrieron entre la espera y las pruebas que le fueron haciendo, en la sala gente más o menos condolida, quejosa, los rostros compungidos, guiándose de la megafonía, que iba llamando por turno a las distintas pruebas. Para desentumecer los miembros, en el trascurso de la espera Fede se salió a la calle y ella merodeó por la sala y por pasillos. Entonces se llevó una sorpresa, reconoció un rostro, lo había visto en la televisión, un personaje local, cantaor flamenco, Rancapino. Se acercó a saludar, estaba acompañado de parentela gitana, mostró su admiración y por favor unas fotos, aun el sitio inapropiado, enarbolando la cámara del móvil. Siguieron de charla y en esto apareció Fede, brazos en jarra, chulesco, saludo desdeñoso a la compañía. Le pidió con voz neutra: Necesito ir al baño, ¿Me acompañás? En un aparte, le reprochó platicar con extraños, ella trató de explicarle, pero él ya se ofuscó. Así que le pidió que se marchara, sus nervios la iban a descomponer, cuando acabaran las pruebas y la consulta médica iría a su encuentro. La tienda de campaña la habían emplazado en aquel tiempo en Cortadura, Dilia fue a reunirse con él al cabo de dos horas, estaba oscuro, la espuma de las olas brindaba una claridad rizada allá en la playa, buscaba entre las dunas. Sorteó el fuerte, la residencia militar, no lo veía, ni a él ni a Robbie, el homosexual, que había instalado su tienda a la par. Estaba confundida entre las pocas referencias, avanzó más de la cuenta, así que retrocedió y al fin dio con el sitio, hollando la arena de playa, sorteando abrojos. No le recibió preguntando lo que hubiera dicho el médico, sino hostil y sospechoso de haberse apeado de un coche de gitanos que había parado cerca y para disimular había dado un rodeo. Nuevamente incisivo, desconfiado, celoso, agresivo. Si había venido andando, ¿qué decía de un coche de gitanos? Robbie medió, impuso la calma.
  Algún recelo le quedaría respecto de esta intercesión que Dilia no se esperaba que fuera a guerrear con un marica que al final le plantó cara. Ocurrió en el comedor de Santiago, donde se reparte cena. Dilia se demoró y al salir estaban en la calle enzarzados en una fuerte discusión, coléricos, Robbie chupado, Fede con los ojos fieros, a pique de liarse a trompadas de no ser porque ella se metió por medio.
  Vivir así, en una constante inspección de con quién ha estado y qué ha hecho, en la amenaza del restriego de mezquindades, de comportamientos pasajeros sin relevancia, sobrecargados de intencionalidad, no es vivir, no es propio de una pareja, del espacio que cada cual necesita, del deseo de hacer feliz. Mi flaco, dice ser, con voz envolvente irresistible: cuando se pone meloso es único, solo que le falla el machismo argentino. De casualidad ella había visto unas cartas mientras abreviaban las mochilas, una escrita a la novia israelita, la leyó a escondidas y le atemorizaron los términos: Algún día volveré con vos, Sos lo que más quiero en el mundo y a vuestro hijo como un padre, Siento tanto mal que te he hecho, tanto daño... ¿Qué daño sería ese?
  El vigilante jurado del hospital está descuidado a estas horas de la madrugada, así que Dilia se acopla en la sala de espera de familiares de enfermos y duerme. Duerme mal, azarada por todos estos repasos, que no tiene con quien desahogar ni compartir. La hermana había tenido un carácter vehemente, visceral, en contraste con su lado apacible y encantador, por tanto, se siente preparada para manejar a Fede, y estos escaqueos forman parte del espacio que deben prestarse para la relajación, al menos, así lo considera ella. Alrededor recostados gente pueblerina que no tiene donde quedarse en la capital, extendida en las sillones, improvisados lechos donde dormitan más o menos profundamente, las ropas de vestir hecha amasijos de almohada, la luz hiriente de la sala.
  Al amanecer se encamina a su encuentro, deja atrás el desperezo de los familiares en la sala, espera que esté más calmado y vayan juntos a ver al abogado de la Cruz Roja, cada cual con su tramitación. Pues está peor, descompuesto, los ojos hundidos, airado, le reprocha si ha venido por la tienda de campaña, ya que la costeó ella con el dinero de su ex pareja, que se la lleve, él no la necesita, no hay nada entre ellos, no se deben nada, se acabó: Andáte, Que te corran, India, Largo de aquí.., y según se aleja, ella desistiendo de razonarle, le sigue gritando, india, loca, cruzando su voz el tráfico mañanero de la avenida.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La imagen de un invidente solitario.

  La imagen de un invidente solitario por las calles, nonagenario, de piel blanca, lustrosa calva y orillado pelo cano. La varilla fina y alargada anticipando los obstáculos, el paso quedo, entrecortado, la no-mirada acuosa, desvaída (a lo mejor es una ceguera blanca, como en el ensayo de Saramago), extendida hacia el frente más para ser advertido que para advertir. Los olores (la humedad de una calle, el tufo a pescado del mercado, los puestos de flores de una plaza...), los sonidos (los niños de una espaciosa plaza, los portones de una iglesia, el ajetreo de una calle empinada...), los obstáculos (un banco de piedra, un zócalo rugoso, un suelo adoquinado...) componen la cartografía familiar que lo ayuda a ubicarse y a viajar en el tiempo dilatado que marca su reloj biológico: sin prisa, sin pausa, alcanzando con retraso los hitos que para los demás significan puntualidad.
  Hay áreas que contemplaron su figura con más asiduidad según la imantación producida por el lugar donde vivía o trabajaba en cada época, empezando por aquella en que la vista no estaba tan deteriorada y acudía a la calle Novena, a la tienda el Marco Dorado, donde la madera cincelada era el alma de los artilugios que vendían. En algún momento aprendió a ser atento, deferente, pormenorizador de detalles que fundamentaban la esencia del producto, dependiente de los de antes, de los de oficio y vocación, de los de recreo lingüista y apego al cliente que buscaba exquisiteces.
  También en algún momento aprendió a deponer la corrección en pos de una formidable rebeldía, inesperadamente emanada de alguien así, en apariencia frágil, educado, de voz suave y tibia, ya la varilla como apéndice tentacular irremediable. Su nueva área de expansión eran los alrededores de la calle Vea Murguía, adonde se ubicaba una residencia geriátrica que comenzó siendo un lugar de acogida de menesterosos con el nombre de: Asociación Jesús Abandonado. La pulcritud ya entonces parecía regañada con ciertas triquiñuelas que buscaban rendirle una mayor eficacia y sin embargo salían malparadas: por ejemplo, la botella en el linde de la cama para orinar en ella sin necesidad de desplazarse a tientas hasta el baño; solo que la puntería le fue fallando o el pene encogiendo o el temblor aumentando. El olor que impregaba el dormitorio motivaba la queja irascible del vecino y, naturalmente, de la auxiliar que a la mañana sufría el trompazo de una amarga pestilencia y un caótico charco en el suelo. Es costumbre que a la postre le ha venido a perjudicar en el Centro donde el compañero, el polilingüista José María Carrasco, rociaba insecticida para contrarrestar el mal olor, arguyendo, ante la suspicacia de Federico, que es que había bichitos bajo la cama, para matarlos. Cuando en aquel entonces la residencia geriátrica de Vea Murguía se clausuró, las calles y parques que acogían su tránsito despacioso pensaron que emigraría a San Fernando a la residencia Vitalia, a donde destinaron al resto de ancianos. Ni por pienso. La temeridad de recalar en las calles y su mala costumbre de pésima posada fue todo un acto de rebeldía o de apego incondicional y hasta la muerte a esta ciudad que es la suya.
  Al poco tiempo se ancló en una pensión de la calle Compañía, reproduciéndose su estampa de bondadoso insurgente por los alrededores, con especial atención a la noche, ya que regresaba oscurecido, a ritmo procesional, construyendo con la palpación de sus manos el portón definitivo que había de abrir a duras penas para acceder al patio interior y a su dormitorio de la primera planta. Quizás llegase de algún acto cultural, pues se le vio apostado en las primeras filas del patio de butacas en algún concierto o conferencia, las manos reposadas sobre los muslos, la varilla descansada oblicuamente y la atención puesta más allá de un run run que le sirve para acunar el pensamiento. Es como si no hubiera estado cuando se le pregunta y responde con elogios tópicos y escuetos, afanado más bien en reanudar la marcha, en enristrar sus adminículos y abordar el espacio por donde reiniciar su andadura; él solo había parado allí como en el banco de un parque escogido al azar donde se reposa momentáneamente; los sonidos armónicos o no, los cuentos elaborados o no, coherentes o fragmentados e inconexos; siempre el arrullo de una paz envolvente. Hasta que la dueña de la pensión, después de años viviendo, acabó denunciándolo por no pagar, por los retrasos acumulados que nunca llegaron a más de tres meses, y, sobre todo, por desembarazarse de él y evitar sustos seniles (una caída por las escaleras...) y recuperar un dormitorio que se había convertido en pocilga.
  El Centro no ha podido ofrecerle un cobijo durante el día, pero para ello han hecho una excepción en Luz y Sal y hasta allí llegaba empleando la cartografía inusitada elaborada con los años en su cerebro gracias a la cual no se extravía; o es una varilla-radar de invidente la que usa. Porque llegar, llega. Y allí se acoplaba en un sillón y dejaba transcurrir las horas en esa pausa que es un viejo hierático, despierto pero ausente. Los argumentos que le llueven le han de resbalar porque a toda oferta se opone: nada de actualizar sus papeles para solicitar el ingreso en un geriátrico, aunque sea en la misma ciudad (mientras pueda valerse por sí mismo, dice, nada de residencias), y, por último, nada de lavarse (al modo como el auxiliar tiene concertado), porque le duele la úlcera, porque tiene que permanecer encamado hasta una hora indeterminada (el auxiliar llega tarde)... porque prefiere sus comedidas y persistentes abluciones, salvando ciertas partes más sensibles...
  Y acaba siendo defenestrado porque él incumple el axioma aquél atribuido a Julio César de que es imposible no terminar siendo como los otros creen que uno es. Y él es un viejo, y así lo ven. Y como tal habría de someterse a las ofertas que la sociedad le ofrece para no causar molestias. Por eso es un rebelde nonagenario. Por eso es un héroe, y prosigue, recalcitrante, caminando a su paso quedo por las calles con la apariencia de encorvado que le da la joroba en el lado derecho de la espalda, con la vista extendida hacia un horizonte turbio, con la varilla blanca y rígida de invidente rozando el suelo y anticipando los obstáculos.