No todo estaba contado en el artículo en el
que salió cuando vivía en una nave abandonada, la foto de portada en la que
Pecci aparecía mostraba un habitáculo penoso, profuso de ropa y objetos
apañados, las paredes húmedas y descascarilladas, ninguna ventilación. El
periodista le indicó que buscaran una distinta a la suya para suscitar pena, porque
la suya estaba reluciente, bien que se afanaba en tenerla así, cuidada, limpia,
con mobiliario reparado a conciencia. A pesar de la precariedad se habían
organizado bien, había unos veinte ocupas, contaban con la anuencia del
vecindario de alrededor, nada denso de viviendas, sí supermercados y almacenes.
Incluso la policía local conocía aquel asentamiento y lo respetaba, no habiendo
recibido órdenes en contra. La provisión de agua y luz era factible con un par
de amaños y hasta el propietario los visitaba para ver cómo iba todo y
animarlos. ¿Qué pasó entonces para que después de dos años los desalojaran?
La misma publicidad del artículo ya suponía
un apunte reivindicativo de la falta de viviendas y aquella nave de los antiguos
talleres de formación de astilleros, perfectamente compartimentada, era el
muestrario, mediante varios ejemplos como el de Pecci, de que la necesidad
obligaba, pero con buena voluntad y digno sentido de la supervivencia podía
sobrellevarse. En sus propias palabras, Pecci estaba de puta madre. Hasta del
supermercado les traían los excedentes caducados, se respiraba armonía
alrededor, incentivaban el espíritu solidario de las gentes, en tanto ellos
mostraban no ser un nido de corrupción y alimañas. La publicidad mostró
ejemplos de personas golpeadas por el infortunio que se habían organizado como
una comunidad cargada de sensatez, pues todas las tentativas de hallar salida
por las vías habituales fracasaban. No había trabajo y se les hubo agotado el paro
de cuando lo tuvieron.
Afear la imagen del lugar, o más bien
contraponerla al noble ánimo superviviente, quizás no fuera buena idea, aunque
peor hubiera sido declarar que vivían bien y solo necesitaban que los dejaran en
paz. Lo mejor hubiera sido permanecer en el anonimato suscrito solo a una
visibilidad del inmediato entorno, no más allá. En una ciudad desarrollada, no
dejaba de ser una situación anómala la subsistencia prolongada en aquel tipo de
situación.
Sin embargo la orden para el desmantelamiento
no vino exclusivamente del escrúpulo de algunos personajes públicos que
decidieron que una imagen así no podía prosperar, fuera de que, con la misma,
no se interesaran en reubicar a aquellos irregulares inquilinos. Vino también
del abuso que ellos mismos hicieron. Al final, sí se corrompieron. Sí se
avasallaron, sí se drogaron, sí se robaron. En el artículo se había mencionado
y mostrado un habitáculo que había sufrido un fuego provocado: lenguas de humo
negro había impresas en la cal de las paredes, lo cual había empujado a huir al
inquilino hacia alternativas igualmente precarias pero menos peligrosas. Solo
se habló de unos asaltantes desalmados que aprovecharon la ausencia del día o
la subrepticia noche para prender fuego. La verdad es que todos se conocían y,
por tanto, a los culpables, que reaccionaron de forma vengativa a una serie de
desencuentros. Así se las gastan.
En palabras de Pecci: En Cái siempre acabamos
cagándola, Somos nosotros mismos quienes la fastidiamos, empezando con
enfrentamientos y abusos. Durante dos años estuvieron bien organizados, luego
se corrompieron, luego la imagen encocoró a algunas autoridades. La Policía Local los
desalojó y selló las entradas de la nave.
En época en que proliferan desahucios por
impago hipotecario la ocupación de casas deshabitadas, naves, antiguos
cuarteles militares es una solución para quienes frisan la ley con naturalidad
al anteponer sus derechos existenciales. Habrá a quien esta invasión le repela,
lo mismo que solo le apenen someramente los suicidios por aquel motivo. Entre
ver quienes ocupan casa y quienes se suicidan cada cual mostrará su
predilección.
Por eso Pecci apoya a las familias que
acampan frente al Ayuntamiento para reivindicar una vivienda o ser beneficiario
para resistir en las que tienen y de las que están a punto de ser desalojados.
Sin embargo, fiel a sus propios enunciados,
acaba fastidiándola, hasta terminar su propia estancia en el Centro, de la cual
culpa a los guardas, que se han chivado o no le han advertido con tiempo.
Después de dos meses se le ha percibido bebedor apocado, con repuntes de
reacciones airadas, sin apreciar que estaba siendo tolerado, por ejemplo, en el
abundoso equipaje destinado a la venta ambulante los domingos. No es cabal la
alternativa que se le ofrecía, pero aun poca, también se pierde, por cagarla.
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